Todo comienza con una valoración personalizada.
Se tiene en cuenta el estado de la piel —hidratación, fluidez, fascias, tejido adiposo—, la musculatura facial y corporal, así como otros factores relevantes como la postura, la respiración y los niveles de estrés.
A partir de esta evaluación se realiza un diagnóstico que permite aplicar un programa adaptado a las necesidades de cada persona.
Se integran técnicas específicas como:
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